Jordi Camps está vinculado a la creación del actual Museu Nacional d’Art de Catalunya como Conservador Adjunto a la subdirección de Colecciones. Un año después, en 2005 pasa al Departamento de Arte Románico como conservador hasta ser el Jefe del Área de Románico hoy día. Anterior y paralelamente ha sido profesor: de Historia del Arte y Jefe de Estudios en la Escola d’Arts i Oficis “la Llotja” de Barcelona, como profesor asociado del Departamento de Historia del Arte de la Universitat de Barcelona, y en el Departamento de Arte de la Universitat Autònoma de Barcelona.

¡Toda la vida trabajando por y para el Arte! Llevas 20 años trabajando en el Museu Nacional, ¿cómo resumirías tu trayectoria que es paralela a la del propio MNAC?

De un constante aprendizaje y de afrontar retos sucesivos, relacionados no sólo con el trabajo con la colección de arte románico del museo sino, más todavía, con todo aquello relacionado con la gestión y la difusión de los conocimientos. En este sentido, el esfuerzo tiene un doble destinatario: la propia obra de arte, como objeto de trabajo, y, especialmente, el público. El museo es un centro vivo y abierto. La reflexión sobre las aplicaciones prácticas de nuestro trabajo es uno de los aspectos más relevantes, y delicados, de nuestra aportación como conservadores, junto con los demás profesionales del centro. Por ello, es esencial el trabajo en equipo y transversal.

Por otro lado, todo aquello asociado a la docencia o a la transmisión de conocimientos, en cualquiera de sus facetas, me ha servido para mantener el hilo de mi vocación como profesor y mi interés por las generaciones que van surgiendo y su futuro.

La Colección de Románico sigue siendo la gran joya no sólo a nivel de conservación sino también de popularidad entre los visitantes y proyección internacional del museo -recordemos que su colección de pintura mural es la mayor y más importante del mundo-, ¿cuál es el mayor reto de ser responsable de una colección así?

El mayor reto es intentar estar a la altura de lo que representa una colección de esta categoría, tarea que ya de por sí es difícil. Mirar atrás y ser consciente de cómo fue creándose la colección, cuáles fueron las personalidades y circunstancias que la propiciaron… ¡provoca cierta sensación de vértigo!

¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo? ¿El comisariado de exposiciones quizás?

El comisariado es una de las facetas más atractivas de mi trabajo como conservador, sin duda. Implica asumir un proyecto polifacético, transversal, que siempre conlleva un mayor grado de aprendizaje. A ello se añade el componente emocional, la satisfacción de poder contemplar objetos de gran valor histórico y estético y de poder ofrecerlos ante el visitante. En este sentido, no dudo que hasta el momento la mayor experiencia fue el proyecto El Románico y el Mediterráneo. Catalunya, Toulouse, Pisa. 1120-1180 (en 2008, junto con Manuel Castiñeiras), por su amplitud, por la acogida que tuvo y por el equipo magnífico con el que pudimos trabajar. Antes hubo otros proyectos deliciosos y algún tropiezo, muy aleccionador. Evidentemente, la todavía reciente adquisición de 20 piezas de la colección Gallardo ha representado una nueva experiencia inolvidable y quizás irrepetible.

En otro orden de cosas, todo aquello relacionado con las obras y las salas de exposición, es fascinante. Y finalmente, hay otro aspecto tremendamente atractivo y fructífero: la relación, la búsqueda de lazos, con los lugares de donde proceden las obras.

Como investigador en arte románico, ¿en tu ocio huyes de lo medieval y prefieres ver otros estilos?

Busco el equilibrio entre mi especialización y todo aquello que puede interesar en el terreno de los museos, el arte y la arquitectura de otras épocas, especialmente la contemporánea. Esto, sin olvidar mi atracción hacia la naturaleza, especialmente la montaña. Sin embargo, si en el camino debo desviarme para contemplar un pequeño edificio románico, es fácil que acabe variando la ruta prevista inicialmente…

¿Cómo ves el uso de las nuevas tecnologías dentro de los museos? Aplicaciones a propuestas museográficas…

Es el gran reto del presente y del futuro. Desde mi perspectiva, hay que saber encontrar el equilibrio entre el rigor de los contenidos y su recepción por parte de un público cambiante a nivel generacional y cultural, incluso en el terreno de las creencias religiosas. Y habrá que valorar la evolución cada vez más acelerada de la tecnología y en la vigencia de los medios empleados, especialmente en unas instituciones cuyos recursos económicos acostumbran a ser limitados y que pueden sufrir dificultades en el momento de mantener o renovar los productos que ofrecen. Sea como fuere, ¡es imprescindible recurrir a ellas!.

¿Cuál es la primera experiencia en un museo que recuerdas o te haya marcado?

No recuerdo cuál fue la primera vez que visité un museo, ni cuál pudo ser. Quizás el Museu d’Història de la Ciutat de Barcelona o el Museu Frederic Marès. En cambio, siempre tendré presente cuando visité, antes de iniciar los estudios de Historia del Arte, el Museu Picasso y, a continuación, una exposición antológica sobre Antoni Tàpies en la Galería Maeght, en el mismo carrer Montcada de Barcelona. Aquella experiencia transformó radicalmente mi manera de entender el arte.

Seguimos con nuestros consejos, ya en general ¿cómo crees que un público adulto puede mejorar su experiencia cuando visitan un museo?

Cada visitante acaba realizando su propio itinerario, en base al tiempo de que dispone para la visita, de su formación e intereses o de los conocimientos que ya ha adquirido previamente sobre las colecciones del museo.

El uso de todo el aparato informativo y de comunicación (audioguías, textos de las cartelas de las salas, web del museo, etc.) pueden aportarle numerosos puntos de soporte a su visita. Así, por ejemplo, el museo proporciona propuestas de itinerarios diversos, que el visitante puede consultar en la página web.